Isabella jugueteaba con el relicario de oro que colgaba de su cuello, una energía inquieta corría por sus venas mientras caminaba de un lado a otro en los confines del acogedor estudio de Alexander.
Las paredes, llenas de estantes repletos de libros de texto y enciclopedias de medicina, parecían acercarse a ella a cada segundo que pasaba. La luz del sol entraba por la ventana, proyectando un brillo dorado que resaltaba las volutas de polvo que danzaban en el aire.
—Isa —la voz de Alexander era