Isabella estaba sentada en la soledad de su sala de estar, el silencio interrumpido solo por el tictac del reloj del pie y el ocasional crujido de la chimenea. Estaba envuelta en un capullo de sombras, la tenue luz resaltaba sus rasgos contra el respaldo de la silla de cuero. Sus pensamientos eran una tempestad, agitados por la traición y la confusión.
Un suave golpe en la puerta atravesó la quietud como un bisturí, preciso e inoportuno. El corazón de Isabella se apretó, una premonición se desa