A la luz plateada de la luna, Daniel estaba en el claro, sus ojos negros explorando el bosque en sombras que bordeaba su territorio. Las hojas susurraban secretos mientras una suave brisa bailaba a través de ellas, llevando un aroma de magia antigua y pino.
—Daniel. —dijo una voz, etérea como el viento mismo. Circe, vestida con hilos de gasa tejidos por la luz de las estrellas, emergió de los árboles, su presencia era a la vez tranquilizadora e inquietante.
—Hola Circe, no sabía que vendrías de