LUCIEN BLACKWELL
—Es un hueso duro de roer, señor —dijo mi ama de llaves recargada en el marco de la puerta de mi despacho, con la mirada perdida a través de la ventana—. No es una chiquilla caprichosa que provenga de una cuna de oro. Se nota que sabe usar una escoba.
—El dinero le llegó después… —susurré mientras veía el reloj en mi muñeca y suspiré cansado—. ¿Ya terminó?
—Sí, señor… —contestó con el mentón en alto—. Cada labor que le he encomendado la ha realizado casi a la perfección.
—¿Y