DAMIÁN ASHFORD
—¡Grandísimo hijo de puta! —exclamó antes de golpearme en la boca del estómago—. Escúchame bien, imbécil de mierda, no te mato porque tu empresa amasa cifras millonarias en metanfetamina y otros dulces mágicos. No pienso destruir el negocio de varios solo porque eres un petulante arrogante.
»Pero te advierto algo, te quedarás en este país, tendré gente en cada aeropuerto, central de autobuses y muelle, y si te ven, así vayas solo o acompañado, te matarán y a todo aquel que vaya