DAMIÁN ASHFORD
Abrí la puerta de la sala de juntas con toda la seguridad y elegancia que me caracterizaba, no quería parecer amenazante, pero tampoco quería mostrarme como una presa. Entonces me quedé congelado, sin terminar de entrar, con la mano aún en el pomo, conteniendo el aliento.
—Damián Ashford… Por favor, entra —dijo el único que estaba sentado a la cabeza de la enorme mesa ovalada. Era un hombre que cargaba con años de experiencia en sus ojos y esas canas que se asomaban en esa melen