ANDY DAVIS
—¡Andy! ¡No nos dejes! —gritaba con desesperación Molly, con los ojos llenos de lágrimas y sosteniendo el osito que mamá le había regalado hacía años, como si volviera a ser una niña, mientras yo metía mis cosas a una pequeña mochila, lo que pensaba que sería suficiente para sobrevivir afuera—. No te vayas.
—Vámonos de aquí —susurré acercándome a ella, tomándola de las manos con firmeza, mientras su rostro pasaba de la tristeza a la indignación—. Encontraremos la manera…
—¿Y dejar a