Otsana, con una mano reposada en el tronco de un árbol y con la otra en su cintura, vomita lo poco que fue capaz de comer en la mañana. El cuerpo se le sacude debido a las grandes arcadas, los ojos le lagrimean y la garganta se le irrita, gracias al esfuerzo y a la quemazón que los fluidos de su estómago le causan.
—¿Estás bien? —inquiere Arel, quien se mantiene a una distancia prudente de ella.
En esos días en los que Otsana ha estado esperando por el alfa Claudio, a quien su gamma fue a busca