Alexander caminaba con ayuda de su bastón por el jardín. No podía ver el paisaje frente a él, pero aun así se detenía, como si intentara contemplarlo de alguna forma. Lo único que le quedaba era sentir el aire, el momento y luchar contra el infierno de no poder ver ni la luz del día ni el brillo de la luna.
De pronto, percibió unos pasos. Luego, un aroma suave y reconocible. Su agudo sentido del olfato captaba con facilidad las fragancias de quienes lo rodeaban, incluso el olor natural de la pi