Alexander estaba absorto en sus pensamientos cuando escuchó la puerta abrirse. De inmediato, reconoció la fragancia del perfume que su esposa solía usar cada noche. Gabriela, sin hacer ruido, caminó con cautela y se recostó en la cama. Se encontraba nerviosa, no dijo nada. Mientras qué Alexander, permaneció ahí, observando apenas las sombras proyectadas por la lámpara. Había luz, pero no lo suficiente para distinguir con claridad.
Sin poder evitarlo, se acercó a ella y la atrajo hacia sí.
—Vamo