En el comedor de la residencia Montoya, el ambiente rozaba la perfección. Los manteles de lino fino, la vajilla de porcelana reluciente y la charla amena entre Adriana y Elena creaban una atmósfera cálida.
Ante semejante panorama, a la futura madre no le quedó más remedio que tragar su orgullo y fingir demencia; ocultó bajo una sonrisa ensayada el hecho de que había discutido por casi quince minutos en la acera con su marido antes de cruzar la puerta principal.
Alán, astuto, aprovechó la tregua