El día siguiente fue un reflejo de lo mismo: una rutina deliciosa de insinuaciones bastante sugerentes que mantenían la electricidad entre los dos.
Hubo caricias en la cadera que tenían una doble intención evidente, roces que encendían la piel y besos robados que la dejaban sin aire a mitad del pasillo.
Incluso Alán había decidido que la ropa era un artículo del todo innecesario si solo ellos dos ocupaban el departamento. Ella no es que se molestara con la decisión; al contrario, sus ojos se