Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Damián
Entré al piso de la presidencia con el paso firme de siempre, ajustando los puños de mi saco. Tenía la cabeza cargada desde la tarde anterior. La imagen de mi hermano sujetando el hombro de Camila y la forma en que ella se aferraba a su presencia me habían dejado un sabor amargo en la boca. Pensaba ponerle fin a esa ridícula distancia hoy mismo. Camila necesitaba entender de una vez por todas que sus arranques de orgullo no iban a cambiar la realidad. Yo tenía un negocio que consolidar con Mariana, pero mi vida privada le pertenecía a ella. Siempre había sido así. Sin embargo, al doblar el pasillo hacia mi despacho, me detuve en seco. En el escritorio de mi asistente no estaba Camila. En su lugar había una chica joven del área administrativa, revisando papeles con una postura nerviosa e insegura. No estaba la taza de café de Camila, no estaba su libreta ni esa presencia impecable que ordenaba todo mi entorno. Sentí una punzada de irritación inmediata que me tensó la quijada. Caminé directo a mi oficina, cerré la puerta de un golpe y tomé el teléfono fijo para marcar la extensión directa de Recursos Humanos. —Señor Voss, buenos días —contestó la Directora de área al primer tono, con la voz alterada por la sorpresa. —¿Por qué hay una persona extraña en el escritorio de mi asistente? —exigí con un tono helado, sin perder tiempo en saludos. —Ah, señor Voss, precisamente le iba a enviar un correo —se apresuró a explicar ella—. La señorita Camila envió una notificación formal esta mañana. Solicitó una semana de incapacidad médica por salud. Apreté el auricular con más fuerza de la necesaria. ¿Una semana entera? —¿Incapacidad por salud? ¿Qué es lo que tiene exactamente? —pregunté, frunciendo el ceño con profunda incredulidad. —En el justificante médico reportó un cuadro de resfriado fuerte, señor. Aseguró estar engripada y con malestar general, por lo que el médico le ordenó reposo absoluto en casa durante estos siete días. Ya enviamos a una sustituta temporal para que cubra sus tareas básicas. —Entendido —dije, y le corté la llamada sin agregar una sola palabra más. Tiré el teléfono sobre el escritorio y me pasé una mano por el cabello, dejando salir un suspiro lleno de frustración. ¿Un resfriado? No me vendía esa mentira. Conocía a Camila mejor que nadie; había ido a trabajar teniendo fiebre, jamás había faltado un solo día por algo tan insignificante. Estaba huyendo. Usaba una excusa absurda para esconderse de mí, para procesar su patético berrinche después de lo que vio en mi oficina. Colgué el teléfono, pero la duda comenzó a carcomerme de inmediato. Un resfriado no encajaba con ella. Camila no era de las que se quedaban en cama por una simple gripe, y menos sin avisarme personalmente. Tomé las llaves de mi auto y salí de la oficina sin darle una sola explicación a la chica de la recepción. Necesitaba encararla, romper su resistencia y cortar esta ridícula huelga de raíz. El trayecto hasta su edificio fue rápido. Subí por el ascensor en un silencio tenso, apretando el llavero en mi bolsillo. Al llegar a su puerta, saqué mi propia copia de la llave, la misma que me daba acceso al lugar que yo le pagaba y la hice girar en la cerradura. El departamento estaba envuelto en un silencio sepulcral. Eché un vistazo rápido al salón. Sus cosas seguían exactamente en su lugar: los cojines arreglados, sus libros en la repisa y sus cuadros colgados. Todo estaba intacto, impecable. —¿Camila? —llamé, adentrándome por el pasillo hacia la recámara. Nadie respondió. Entré a su habitación. La cama estaba perfectamente hecha y el lugar olía a su perfume, pero ella no estaba por ningún lado. Un malestar extraño comenzó a instalarse en mi estómago. Saqué el teléfono móvil del bolsillo y marqué su número directo. Ni siquiera llegó a sonar. La llamada se cortó de inmediato y la voz del contestador automático me indicó que el teléfono estaba completamente apagado. Apreté la mandíbula con frustración, mirando alrededor de la habitación vacía. Sus pertenencias estaban ahí, la mentira del resfriado estaba en la empresa, pero ella se había esfumado sin dejar rastro. Regresé a la empresa con los nudillos blancos de apretar el volante durante todo el camino. La frustración me quemaba por dentro. Que Camila no me contestara el teléfono y no estuviera en el departamento alimentaba una rabia ridícula que no estaba acostumbrado a sentir. Al salir del ascensor en la planta de presidencia, intenté recuperar mi máscara de frialdad, pero la sola visión de su escritorio ocupado por otra persona terminó de arruinarme el humor. Antes de que pudiera entrar a mi despacho, la puerta adyacente se abrió y Adrián salió al pasillo, apoyándose contra el marco con una postura relajada y los brazos cruzados. Tenía esa sonrisa ligera que siempre me terminaba por irritar. —Te ves especialmente encantador hoy, Damián —comentó con tono burlón, recorriéndome con la mirada. —No tengo tiempo para tus estupideces, Adrián —sentencié, pasando por su lado sin detenerme. —¿Ah, no? Pensé que tenías tiempo de sobra, considerando que saliste corriendo como si se estuviera quemando tu casa —soltó. Su voz provocadora me hizo frenar en seco. Me giré despacio para encararlo, apretando la mandíbula hasta sentir dolor. —¿Hay algún problema con la empresa o solo vienes a hacerme perder el tiempo? Adrián ladeó la cabeza, perdiendo la sonrisa juguetona para dejar ver una expresión mucho más analítica e incisiva. —Ningún problema corporativo —dijo, dando un paso hacia mí—. Pero dime... ¿tu pésimo mal humor de hoy tiene que ver con que tu asistente no está, hermanito? El pulso me dio un vuelco de pura rabia. La imagen del día anterior, la de sus manos sosteniendo a Camila en este mismo pasillo, regresó a mi mente como una bofetada. —No te metas en mis asuntos, Adrián —contesté con un hilo de voz bronco y amenazante, acortando la distancia para marcar mi territorio—. Ni en mi vida, ni en lo que pasa dentro de esta oficina. —Solo pregunto por el personal —respondió él con una calma desesperante, sosteniéndome la mirada sin dar un paso atrás—. Ayer no se veía nada bien. Y por lo visto, no eres el jefe preocupado que pretendes ser. —Te lo voy a repetir una sola vez —lo interrumpí, apretando los puños a los costados—. Camila es asunto mío. Ocúpate de lo tuyo y mantén la boca cerrada. Adrián me sostuvo la mirada unos segundos, dejando ver en sus ojos que no se creía ni una sola de mis excusas, antes de dar media vuelta y regresar a su oficina, dejándome a solas con una ira que amenazaba con salirse de control.






