CamilaLlevaba seis días encerrada en la casa de mi mejor amiga, refugiándome del mundo, del teléfono que me rehusaba a encender y de la sombra de Damián que parecía perseguirme a todas partes.Había pasado la semana entera llorando hasta quedarme sin lágrimas, abrazada a mis piernas en la cama mientras mi mente reproducía una y otra vez cada traición.Valeria entró despacio, dejó la taza sobre la mesa de noche y se sentó al borde del colchón. Me miró con una mezcla de dolor e impotencia, apartándome con delicadeza un mechón de cabello del rostro.—Camila, mi amor, no puedes seguir así —dijo con voz suave pero firme—. Llevas días sin comer bien, llorando hasta ahogarte. Tienes que reaccionar.—No sé qué hacer, Vale... —susurre ahogando un sollozo contra la almohada—. Siento que se me acaba el aire. No puedo volver a esa empresa, no puedo verlo a la cara y no puedo... no sé cómo voy a lidiar con esto.—Vas a salir de esta, pero tienes que empezar a pensar en el siguiente paso —me dijo,
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