capítulo. 8

Cuatro meses después.

El reflejo en el espejo del antiguo cuarto de mi infancia ya no le pertenecía a la mujer ejecutiva de la capital.

Ajusté la blusa holgada sobre mi vientre de casi seis meses. Un bulto innegable, redondo y pesado, que marcaba cada segundo de mi nueva realidad.

Estar de vuelta en el pueblo natal de mis padres, a cientos de kilómetros de la ciudad, debió sentirse como un refugio. Pero se había convertido en una jaula de culpa.

Salí de la habitación intentando no hacer ruido con mis pasos torpes.

En la cocina, el olor a café fresco inundaba el aire. Mi mamá lavaba los platos en silencio, mientras mi papá leía el periódico en la mesa.

Al verme entrar, la conversación que tenían a murmullos se cortó de golpe.

—Buenos días —murmuré, acomodándome en la silla con cierta dificultad.

—Buenos días, Camila —respondió mi papá sin levantar la mirada del papel.

Su voz era fría, distante.

No había gritos ni maltratos en esa casa; mis padres me habían recibido, me daban un techo y un plato de comida caliente. Pero la decepción flotaba en el ambiente como un aire denso que sofocaba.

Para ellos, yo era la hija brillante que había logrado salir del pueblo, la que tenía un puesto de alto nivel en una empresa importante. Y ahora había regresado derrotada, sin trabajo, sin ahorros suficientes y esperando un hijo de un hombre del que ni siquiera me atrevía a pronunciar el nombre.

—Te dejé avena en la estufa —dijo mi mamá, mirándome el vientre con una mezcla de lástima y reproche dolido—. Tienes que comer bien por el bebé.

—Gracias, mamá. Hoy tengo dos entrevistas más en el centro.

Un suspiro pesado se le escapó a mi padre desde el otro lado de la mesa.

—Camila, por favor... ya has ido a diez lugares este mes —dijo él, cerrando el periódico—. Nadie te va a contratar así. En cuanto vean tu estado, te van a cerrar la puerta. Es la realidad.

Sus palabras dolieron porque eran una verdad aplastante.

Caminé bajo el sol de la tarde, sintiendo el peso de mi vientre y el cansancio acumulado en las piernas que comenzaban a hincharse. Cargaba mi bolso y una carpeta con varias copias de mi historial laboral.

La primera entrevista fue en un despacho contable del centro. El reclutador revisó las hojas con evidente admiración.

—Su experiencia en la capital es impecable, señorita —dijo, ajustándose los lentes—. Realmente tiene un currículum sobresaliente.

Pero en cuanto se levantó para estrechar mi mano, su mirada descendió de inmediato hacia mi vientre de seis meses. Su sonrisa se congeló.

—Lamentablemente, por el estado en el que se encuentra, nos es imposible integrarla al equipo en este momento. Estaríamos encantados de trabajar con usted... pero vuelva después de que dé a luz.

La historia se repitió en el segundo lugar. Y en el tercero.

La misma mirada incómoda, los mismos elogios amables a mi preparación y la misma respuesta ensayada: un "no" cortés envuelto en falsas promesas para cuando tuviera a mi bebé en brazos.

Nadie quería asumir el riesgo ni el costo de una maternidad tan cercana. Las puertas se me cerraron una tras otra, con una educación brutal que me destrozaba el alma por dentro.

Al salir de la última oficina, las piernas ya no me dieron para más. El dolor físico me pesaba, pero la humillación me quemaba el pecho.

Terminé entrando a una cafetería pequeña y silenciosa en una calle secundaria. Me senté en la mesa más apartada del fondo, junto a la ventana.

Pedí una taza de té que apenas probé, dejando que el vapor se extinguiera mientras sostenía el tazón entre mis manos temblorosas.

Apoyé los codos sobre la mesa y me cubrí el rostro, incapaz de contener por más tiempo las lágrimas heladas que comenzaron a resbalar por mis mejillas.

Me sentía completamente sola. Triste, abandonada y acorralada por una incertidumbre aplastante que me ahogaba a cada segundo.

Había renunciado a todo para proteger mi dignidad y a mi bebé, pero la realidad era despiadada. Mi experiencia no valía nada, mi dinero se terminaba y el rechazo constante me hacía sentir una carga insoportable.

Limpié mis mejillas con el dorso de la mano, intentando recuperar la compostura antes de que el mesero se acercara.

Al levantar la vista, mis ojos cayeron sobre un periódico abandonado en la mesa contigua.

La sección de sociedad estaba abierta de par en par, exhibiendo una fotografía a todo color que me congeló la sangre.

Ahí estaba él.

El titular en letras negritas anunciaba la fecha oficial del evento del año: la majestuosa boda entre Damián Voss y Mariana. Sería en exactamente ocho meses.

En la imagen, Damián lucía tan impecable y poderoso como siempre. Tenía la mano apoyada sobre la cintura de su prometida, frente a una multitud de cámaras y reflectores.

Tomé el papel con dedos temblorosos, leyendo cada palabra con una mezcla de masoquismo y desesperación.

Hice la cuenta en mi mente, sintiendo una punzada amarga en el vientre.

En ocho meses.

Para ese momento, cuando él estuviera vestido de etiqueta caminando hacia el altar, nuestro hijo tendría apenas tres meses de nacido.

Un contraste maquiavélico me atravesó el alma.

Mientras yo estuviera en la soledad de este pueblo tratando de calmar el llanto de nuestro bebé y descifrando cómo alimentar a dos personas sin un centavo en la bolsa, Damián estaría jurándole amor eterno y compartiendo su fortuna con otra mujer.

Apreté el periódico contra la mesa hasta arrugar la imagen de su rostro.

Esa era la cruel verdad. Para el mundo y para él, nosotros jamás existimos. El padre de mi hijo se casaría con otra, dejando a su verdadero primogénito escondido en la sombra de un hogar roto.

—¿Camila?

La voz me hizo dar un brinco en el asiento.

Levanté la mirada de golpe, limpiándome las lágrimas con torpeza mientras el corazón me daba un vuelco violento en el pecho.

De pie frente a mi mesa, vistiendo un saco informal y con la mirada llena de genuina sorpresa, estaba Adrián.

El pánico me heló la sangre.

Tomé mi bolso de inmediato y me puse de pie a toda prisa, dispuesta a salir huyendo de esa cafetería antes de que la noticia de mi paradero llegara a la capital.

—Tengo que irme —murmuré con la voz fragmentada, intentando esquivarlo.

—Hey, tranquila. Por favor, espera —dijo Adrián, dando un paso al frente para bloquearme el paso de forma suave, sujetándome con delicadeza del brazo para detener mi huida.

—Déjame ir, Adrián. Por favor —supliqué, sintiendo que el terror me cerraba la garganta.

—Escúchame, Camila. Mírame —dijo él, manteniendo la voz baja y serena—. Tranquila. Te juro que no le voy a decir a nadie que te vi aquí. A nadie. Ni a la empresa, ni a mi familia. Lo prometo.

Me quedé inmóvil, temblando, buscando desesperadamente cualquier rastro de engaño en su rostro.

Fue entonces cuando la mirada de Adrián bajó despacio.

Su expresión cambió por completo.

La sorpresa inicial se transformó en un silencio denso al posar sus ojos directamente sobre mi vientre de seis meses, que la blusa holgada ya no podía ocultar.

Traté de cubrirme instintivamente con el bolso, pero era demasiado tarde.

Adrián volvió a levantar la vista hacia mí, con los ojos bien abiertos y una mezcla de asombro y compasión en el rostro.

—Es de Damián, ¿verdad? —preguntó en un susurro.

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