Capitulo. 4

Los días siguientes se convirtieron en un suplicio diario. Mariana no era solo un nombre en un contrato; era una presencia constante y asfixiante en la planta de presidencia.

Llegaba casi todas las tardes con esa elegancia natural, saludando al personal con una amabilidad sincera que hacía todo aún más doloroso.

Ver a Damián levantarse de su sillón para recibirla, tomarla de la mano frente a todos o rozarle la cintura mientras caminaban hacia el ascensor, me destruía por dentro.

Yo me obligaba a mantener la cabeza agachada y la mirada fija en el monitor.

Apretaba los dientes hasta que me dolía la mandíbula, repitiéndome que podía soportarlo, que era una profesional y que no le daría a Damián la satisfacción de verme caer.

Pero la costumbre es un enemigo traicionero.

Ocurrió a última hora de la tarde.

Tenía en las manos una carpeta con los estados financieros urgentísimos que requerían la firma de Damián antes de que cerrara el sistema corporativo.

Llevaba más de un año entrando a su despacho sin pedir permiso, con la soltura de quien conocía cada rincón de ese espacio y de su vida. Mi mente, agotada y en automático, traicionó mi propio juicio.

Giré el pomo de la puerta de roble y la empujé sin llamar.

La voz se me congeló en la garganta antes de poder emitir un solo sonido.

Mariana estaba sentada sobre las piernas de Damián, de espaldas a la entrada.

Tenía los brazos enredados en su cuello y las manos de él la sujetaban con posesividad por la cintura, manteniéndola pegada a su pecho mientras se besaban.

El sonido de la puerta los interrumpió.

Mariana se sobresaltó, rompiendo el beso y soltando una pequeña risa avergonzada mientras se acomodaba la falda.

Damián levantó la vista despacio.

Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una calma exasperante, sin mostrar la menor prisa por apartar la mano del muslo de su prometida.

—Disculpen... yo... lo siento mucho —balbuceé con la voz rota y las manos temblándome violentamente.

Retrocedí dos pasos a toda prisa y jalé la puerta para cerrarla de golpe.

Jalé la puerta para cerrarla de golpe y me giré a toda prisa para huir de allí, ciega por las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

No alcancé a dar dos pasos cuando choqué de frente contra un cuerpo firme.

El impacto me hizo perder el equilibrio, pero antes de que cayera al suelo, dos manos fuertes me sujetaron con firmeza por los hombros, sosteniéndome en el aire.

—Cuidado... ¿estás bien, Camila? —escuché la voz profunda y serena de Adrián Voss, el hermano de Damián.

Levanté la vista un segundo, encontrándome con los ojos atentos de Adrián, que me observaba con evidente preocupación.

Incapaz de articular una sola palabra por el nudo que me ahogaba la garganta, me limité a asentir rápidamente.

Me zafé con brusquedad pero con delicadeza de su agarre y eché a correr hacia mi escritorio, sintiendo cómo las piernas me temblaban a cada paso antes de colapsar sobre mi silla.

Apoyé los codos sobre el escritorio y me cubrí el rostro con las manos, intentando contener la respiración. El pecho me dolía con un peso físico, sofocante.

Unos segundos después, el crujido de unos pasos pausados me hizo levantar la vista.

Era Adrián.

Sostenía un vaso con agua y me miraba con una preocupación sincera que jamás había visto en el rostro de su hermano.

—Toma un poco de agua, Camila. Estás pálida —dijo con voz suave, dejando el vaso a mi lado y apoyando una mano tibia sobre mi hombro para darme firmeza.

—Gracias, Adrián... de verdad, no es nada —intenté articular, pero en cuanto estiré la mano para tomar el vaso, una ola repentina de náuseas me revolvió el estómago por completo.

El salón pareció inclinarse sobre su propio eje. El mareo me golpeó con una fuerza tan brusca que tuve que afianzarme del borde de la mesa para evitar caerme de la silla.

—Oye, no estás bien para nada —insistió Adrián, inclinándose un poco más hacia mí para sujetarme con cuidado del brazo.

En ese preciso instante, la puerta de la presidencia se abrió.

Damián salió al pasillo acomodándose el saco, con Mariana prendida de su brazo.

La escena se congeló.

Los ojos de Damián se clavaron de inmediato en la mano de su hermano sobre mi hombro.

Su rostro se endureció en un segundo y una chispa de posesividad peligrosa cruzó su mirada, apretando la quijada con rabia contenida.

Ver su reacción me provocó un escalofrío amargo. El contraste era grotesco: Adrián mostrándome una humanidad genuina, mientras Damián solo reaccionaba por mero instinto de propiedad, molesto porque alguien más tocara algo que en su mente aún le pertenecía.

—Nos vemos mañana, Camila —solt, sosteniéndole la mirada a su hermano antes de guiar a Mariana hacia los ascensores.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, intenté regular el ritmo de mi corazón. Le di un pequeño trago al agua, disculpándome con Adrián y echándole la culpa a la migraña y a no haber comido en todo el día.

Él asintió no muy convencido, me pidió que me fuera a casa a descansar y se despidió con amabilidad antes de caminar hacia su oficina.

En cuanto me quedé sola en la planta, una sospecha helada me atravesó la espina dorsal.

Tomé mi teléfono con dedos temblorosos y abrí la aplicación del calendario. Conté los días una, dos, tres veces, sintiendo cómo el piso parecía desaparecer bajo mis pies.

Tenía un retraso de más de dos semanas. Y aquellas náuseas no eran por el estrés.

Guardé mis cosas con manos temblorosas y salí de la oficina casi huyendo. El trayecto hasta la farmacia más cercana fue una nebulosa de angustia.

Entré intentando mantener la cabeza baja, compré la pequeña caja con la prueba y la guardé en el fondo de mi bolso como si fuera algo prohibido.

Llegué al departamento, cerré la puerta con doble llave y me encerré de inmediato en el baño. Los tres minutos de espera se sintieron como una eternidad agonizante, escuchando únicamente el eco sordo de mi propio corazón latiendo en mis oídos.

Cuando finalmente me armé de valor para voltear el pequeño dispositivo sobre el lavabo, el aire se me congeló en la garganta.

Dos líneas rojas, nítidas e inconfundibles, brillaban con crueldad.

Apoyé las manos contra el borde del mueble mientras las lágrimas silenciosas comenzaban a nublarme la vista. El pánico y una desesperación absoluta me invadieron en olas heladas.

Mis peores temores se habían hecho realidad.

Estaba embarazada del hombre que pretendía tenerme como su secreto, el mismo que en un par de meses estaría parado en un altar jurándole la vida a otra mujer.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP