Capitulo. 10

El viaje hacia la ciudad vecina transcurrió en un silencio denso, roto únicamente por el murmullo del motor y el azote constante de la lluvia contra el cristal.

Cuando la puerta del penthouse se abrió, el lujo sobrio del lugar me dejó sin aliento. Era un espacio amplio, cálido e impecable, con ventanales enormes que mostraban las luces de la ciudad a lo lejos.

Adrián dejó mis maletas junto a la entrada con extrema delicadeza y se giró para mirarme.

—El departamento es totalmente tuyo, Cami —dijo, mostrándome el lugar con un gesto sereno—. Esta propiedad no aparece en ningún registro público de la familia. Damián jamás sabrá que este lugar existe.

Miré los muebles elegantes, la luz tenue y la calidez del espacio. En lugar de alivio, una presión insoportable comenzó a aplastarme el pecho. La duda y el miedo acumulados durante horas finalmente explotaron en mi interior.

—¿Por qué, Adrián? —solté de golpe, con la voz quebrándose por la angustia.

Él se congeló a mitad de camino, mirándome con atención.

—¿A qué te refieres?

—¡¿Por qué estás haciendo todo esto?! —exclamé, dando un paso hacia él, temblando de pavor y confusión—. Me sacaste de mi pueblo, dejaste que mis padres pensaran lo peor, me trajiste a este palacio y me estás ofreciendo un trabajo... Nadie hace algo así por nada. Dime la verdad, por favor. ¿Es lástima? ¿O es una jugada tuya para destruir a tu hermano?

Adrián apretó la mandíbula. La compostura impecable que siempre lo caracterizaba se resquebrajó por completo.

Dio dos pasos rápidos hacia mí, acortando la distancia con una determinación que me hizo dar un brinco. Se detuvo a un metro de distancia, respetando mi espacio, pero su mirada bajó por un segundo hacia mi vientre antes de clavarse en mis ojos con una intensidad arrolladora.

—¿De verdad piensas que esto es un juego de venganza para mí, Camila? —su voz resonó grave, cargada de una emoción pura y visceral que jamás le había visto—. No me importa Damián. No me importa la empresa ni la maldita guerra por el apellido.

Dio un paso más, mirándome directamente a los ojos, sin pestañear.

—Ese bebé que llevas ahí adentro es mi sobrino —dijo, con la voz vibrando de una firmeza inquebrantable—. Es sangre de mi sangre. Y mientras yo tenga un solo centavo y siga respirando, no voy a permitir que a mi sobrino, ni a ti, les falte absolutamente nada. ¿Entendiste? Nada.

El impacto de sus palabras me golpeó directamente en el alma.

Me quedé helada, con la boca levemente abierta y las manos temblorosas aferradas a mi vientre. Las lágrimas, retenidas durante tanto tiempo, finalmente brotaron de mis ojos, resbalando sin control por mis mejillas.

No había manipulación en su rostro. Tampoco el deseo de posesión enfermizo que siempre vi en Damián. Solo estaba la promesa sincera de un hombre dispuesto a ser el escudo que mi hijo necesitase.

—Adrián... yo no sé cómo pagarte esto... —susurré, ahogándome en un sollozo.

—No tienes que pagar nada —respondió suavemente, dando un paso atrás para devolverme el aire—. No me debes nada, Cami. Ahora lo único que importa es que descanses.

Caminó hacia la barra, dejó las llaves del departamento y me dedicó una última mirada protectora antes de dirigirse a la puerta.

El sonido rítmico del corazón de mi bebé llenó el consultorio médico. Un galope acelerado, fuerte y lleno de vida que resonó en el monitor de ultrasonido.

Adrián, que había estado de pie cerca de la puerta para respetar mi espacio, dio un paso cauto hacia la pantalla. Tenía los ojos fijos en la imagen en blanco y negro, con una fascinación sincera.

—Es un bebé sumamente fuerte y sano —dijo la ginecóloga con una sonrisa afable mientras deslizaba el gel sobre mi vientre—. Y la posición está perfecta... ¿Quieren saber el sexo?

Miré la pantalla y el pulso se me aceleró. Una mezcla de pavor y ternura me apretó el pecho.

—Sí... sí, por favor —susurré, apretando la sábana de la camilla.

La doctora sonrió con calidez, ajustando la toma en el monitor.

—Felicidades... es una niña. Una hermosa pequeña.

Un sollozo ahogado se me escapó de los labios. Me llevé una mano a la boca mientras las lágrimas de alivio me empañaban la vista. Una niña. Mi pequeña.

—Mire esos latidos, papá —agregó la doctora mirando a Adrián—. ¿Quiere acercarse a ver la carita de su hija?

Sentí que el aire se me congelaba en la garganta. Abrí la boca para aclarar la confusión, pero Adrián me dedicó una mirada rápida y serena, pidiéndome silencio para no comprometer nuestra seguridad.

—Gracias, doctora —se limitó a responder él en voz baja, acercándose a la camilla sin tocarme, pero manteniéndose firme a mi lado, mirando la pantalla con una emoción sincera que me conmovió hasta el alma.

Mes 8.

Las visitas de Adrián se convirtieron en el único faro de luz en mi rutina. Llegaba dos o tres veces por semana al terminar sus pendientes, cargando bolsas con la fruta que me apetecía y pan recién horneado.

Una noche de lluvia, terminó sentado en la alfombra de la sala, con la camisa arremangada y rodeado de tornillos y tablas de madera rosa y blanca, intentando descifrar las instrucciones para armar la cuna.

—Te juro que los manuales de ingeniería de la universidad eran más sencillos que esto —rezongó, peleándose con un perno rebelde.

De mi garganta se escapó una risa limpia, espontánea y sonora. Me llevé la mano a la boca, sorprendida de mi propio sonido. Llevaba más de medio año sin reír.

Adrián se detuvo, levantó la vista y me miró con una sonrisa cálida que le iluminó el rostro.

—Ahí está —murmuró con suavidad—. Hacía falta escuchar eso.

Con Damián, todo se resolvía con órdenes secas y dinero. Con Adrián, la vida se construía a base de tiempo, paciencia y presencia constante.

Mes 9.

El tiempo voló entre ropa limpia, pañales ordenados y una paz que jamás creí volver a experimentar. Mi vientre estaba grande, pesado y en la recta final.

Esa tarde, mientras acomodaba una cobija tejida, una punzada aguda y violenta me atravesó la espalda baja. Solté un jadeo, inclinándome hacia adelante mientras las manos se me clavaban en el borde de la cuna.

Una calidez húmeda recorrió mis piernas de golpe.

La puerta del departamento se abrió en ese preciso instante. Adrián entró con una caja bajo el brazo y, al verme sofocada y aferrada al mueble, tiró todo al suelo y corrió hacia mí.

—¡Camila! —exclamó, sosteniéndome con firmeza antes de que me doblara por el dolor.

—Adrián... rompí fuente —susurré, apretándole el brazo mientras otra contracción me robaba el aliento—. Ya viene... mi niña ya viene.

Él no entró en pánico. Me tomó en brazos con delicadeza y precisión, mirándome con una determinación inquebrantable.

—Tranquila, Cami. Estoy aquí —dijo, guiándome hacia la salida—. Vamos por ella.

Durante las horas del parto, Adrián no soltó mi mano ni un solo segundo. Cuando el llanto agudo de mi hija llenó la habitación, la doctora le ofreció las tijeras y, tras mirarme en busca de aprobación, él cortó el cordón umbilical con manos firmes. Fue el primer respiro de mi pequeña.

Al regresar al departamento dos días después, el dolor del posparto y el agotamiento me tenían al borde del colapso. Pero al cruzar la puerta nos esperaba una mujer con uniforme clínico.

—Ella es Elena, una enfermera especialista —explicó Adrián suavemente, quitándome el peso del bolso de los hombros—. Le pagué para que esté aquí las veinticuatro horas. Se encargará de cuidarlas a las dos para que tú solo te dediques a sanar, alimentarte bien y descansar.

—Adrián... esto es demasiado —susurré con la voz quebrada.

—No tienes que preocuparte por nada —me interrumpió con firmeza llena de ternura—. Tu única tarea ahora es recuperarte.

Ver a la enfermera acomodar a mi bebé mientras yo finalmente podía recostarme me provocó un nudo en la garganta. Adrián no solo nos había protegido del abismo, sino que estaba reconstruyendo cada pedazo que su hermano dejó roto.

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