Mundo ficciónIniciar sesiónCamila
Llevaba seis días encerrada en la casa de mi mejor amiga, refugiándome del mundo, del teléfono que me rehusaba a encender y de la sombra de Damián que parecía perseguirme a todas partes. Había pasado la semana entera llorando hasta quedarme sin lágrimas, abrazada a mis piernas en la cama mientras mi mente reproducía una y otra vez cada traición. Valeria entró despacio, dejó la taza sobre la mesa de noche y se sentó al borde del colchón. Me miró con una mezcla de dolor e impotencia, apartándome con delicadeza un mechón de cabello del rostro. —Camila, mi amor, no puedes seguir así —dijo con voz suave pero firme—. Llevas días sin comer bien, llorando hasta ahogarte. Tienes que reaccionar. —No sé qué hacer, Vale... —susurre ahogando un sollozo contra la almohada—. Siento que se me acaba el aire. No puedo volver a esa empresa, no puedo verlo a la cara y no puedo... no sé cómo voy a lidiar con esto. —Vas a salir de esta, pero tienes que empezar a pensar en el siguiente paso —me dijo, mirando mis ojos hinchados—. Este bebé no puede ser una condena ni una cadena que te ate a un hombre que no te merece. Tienes opciones, Cami. Hizo una pausa antes de continuar, asegurándose de que la escuchara con claridad. —Si no quieres tenerlo, si decides abortar, estás en todo tu derecho —soltó sin rodeos, con una honestidad protectora—. Es tu cuerpo, es tu vida y es tu futuro. Nadie te va a juzgar, y yo voy a estar aquí tomándote la mano en cada paso del proceso si esa es tu decisión. Pero necesitas salir de este pozo y decidir qué vas a hacer. Las palabras de Valeria flotaron en el aire. Permanecí en silencio unos largos minutos, procesando las palabras mientras me acariciaba el vientre. La idea del aborto cruzó mi mente por un instante, pero en cuanto sentí el calor de mi propia mano sobre mi cuerpo, la duda se disipó por completo. Este bebé no tenía la culpa del cinismo de Damián ni de mis errores. —Lo voy a tener, Vale —dije levantando la mirada, con una determinación que no había sentido en días—. Voy a ser madre. Pero para hacerlo bien, tengo que cortar hasta el último hilo que me une a él. Sonrió con alivio y me apretó la mano con firmeza. —Sabes que cuentas conmigo para lo que sea, Cami. —Necesito pedirte un favor más —continué, tomando aire—. Damián pagaba el alquiler de mi departamento. No puedo quedarme ahí ni un solo día más, no quiero nada que venga de su bolsillo. ¿Me acompañas a sacar mis cosas? Solo mi ropa y mis objetos personales. Esa misma tarde, aprovechando que Damián estaría ocupado, fuimos a mi departamento. Entrar a ese lugar se sintió extraño, como si perteneciera a una vida pasada que ya no me correspondía. Entre las dos empacamos en maletas mis prendas de vestir, mis libros y los recuerdos que me pertenecían antes de conocerlo. No me llevé un solo mueble, ni un solo regalo ostentoso. Antes de salir, caminé hacia la cocina. Sobre el pasamanos de granito, fui dejando uno a uno los símbolos de mi cautiverio: la llave del departamento, las tarjetas de crédito corporativas y personales que él me había entregado, y la pequeña caja de terciopelo con los pendientes de diamantes que me regalaró en nuestro último aniversario. Al lado de los diamantes, dejé una hoja de papel doblada a la mitad con dos únicas palabras escritas en trazo firme: Se acabó. Aproveché la tarde del viernes. Conocía la agenda de Damián de memoria: a las cuatro en punto entraba a la junta mensual de accionistas. Era una reunión a puerta cerrada, de alta tensión, donde él jamás permitía interrupciones ni contestaba el teléfono para no mostrar debilidad frente a sus futuros socios. Entré al edificio de la empresa con la cabeza en alto, vistiendo ropa informal para no llamar la atención. Evité el ascensor ejecutivo y subí directamente al piso de Recursos Humanos. La Directora me recibió con una sonrisa de sorpresa al verme reincorporada antes de tiempo. —Camila, qué gusto. Pensé que seguías de reposo —dijo, acomodándose los anteojos. —Ya me encuentro mejor, gracias —respondí con una calma calculada, sacando un sobre blanco de mi bolso y dejándolo sobre su escritorio—. Vengo a entregar esto. Es mi renuncia voluntaria e irrevocable. La sonrisa de la Directora se desvaneció al leer el encabezado del documento. Levantó la vista, claramente desconcertada. —Camila, esto es muy repentino. Eres la asistente ejecutiva de la presidencia; no puedo simplemente procesar una baja de este nivel sin notificárselo de inmediato al señor Voss. Déjame llamarlo a la sala de juntas o enviarle un mensaje para que— —No. No lo llame —la interrumpí con firmeza, manteniendo la voz firme para ocultar el pánico que me helaba la sangre—. El sr Vos ya lo sabe. Lo discutimos en privado y él está al tanto de mi decisión. La mujer frunció el ceño, dudando. Estiró la mano hacia el teléfono fijo. —Aún así, por protocolo corporativo, debo revisar los términos de tu liquidación, tus prestaciones acumuladas y el cálculo de tu finiquito antes de firmar cualquier baja. Llevará unos días tramitar el pago que te corresponde por ley... —No quiero ninguna prestación —solté sin dudar un solo segundo. La Directora se congeló con la mano a medio camino del auricular, mirándome como si hubiera perdido la cabeza. —¿Cómo dices? —Renuncio a la liquidación, a los días pendientes y a cualquier indemnización. No me interesa el dinero ni pienso hacer ningún reclamo legal a la empresa —dije, apoyando las manos en el escritorio para enfatizar la urgencia de mis palabras—. Lo único que necesito es que selle el acuse de recibido ahora mismo. Damián está en una junta crucial con los inversionistas y me pidió explícitamente que dejáramos todo cerrado hoy, sin hacer espectáculo ni interrumpirlo. La autoridad con la que siempre me había manejado como mano derecha de Damián surtió efecto. La mujer dudó un segundo más, intimidada por la mención de su jefe y por mi determinación de renunciar a una suma importante de dinero solo para marcharme. Lanzó un suspiro, tomó el sello oficial de la empresa, lo mojó en la almohadilla de tinta y lo estampó con fuerza sobre la hoja. Recibido. Fecha y hora. Firmó al calce y me entregó una copia. —Queda formalmente procesada tu baja, Camila. Te deseo mucha suerte. —Gracias —murmuré, tomando el papel con dedos temblorosos. Giré sobre mis talones y caminé hacia la salida sin mirar atrás. En cuanto crucé las puertas de cristal del edificio y sentí el aire de la calle, dejé salir un suspiro ahogado. El papel en mi mano era la prueba: legalmente, ya no tenía ningún vínculo con la empresa. Ni con él. El aire fresco de la tarde me recibió en la calle, golpeándome el rostro como una bofetada de libertad. Respiré hondo, llenándome los pulmones por primera vez en semanas sin sentir ese peso asfixiante sobre el pecho. Caminé dos calles abajo, lejos de la sombra de las torres corporativas, hasta donde Valeria me esperaba estacionada con el motor encendido. Al abrir la puerta del copiloto y subirme, me miró fijamente a los ojos, buscando cualquier rastro de duda. —¿Está hecho? —preguntó con voz suave. Sostuve la copia firmada por Recursos Humanos entre mis manos, la doblé en cuatro partes y la guardé en mi bolso. —Está hecho —respondí—. Ya no trabajo ahí. Legalmente no me une nada a esa empresa. Saqué mi teléfono del bolsillo. En la pantalla resplandecían varias llamadas perdidas del teléfono fijo de la presidencia. Sin pensarlo dos veces, retiré la tarjeta SIM, la partí en dos con las uñas y dejé caer los pedazos en el cenicero del auto. Apagué el aparato por completo. Antes de que Valeria pusiera la marcha hacia la carretera, volví la mirada hacia atrás una última vez. A lo lejos, el rascacielos de la corporación Voss se alzaba imponente contra el cielo del atardecer. Allá arriba, Damián seguía sentado al mando, convencido de que tenía el mundo entero bajo su control. Creía que yo estaba en un departamento pagado por él, llorando su desprecio y esperando obediente a que se dignara a buscarme. No tenía la menor idea de que el lugar estaba vacío, las llaves sobre la barra y su asistente ejecutiva borrada de su vida para siempre. Llevé una mano hacia mi vientre, sintiendo un calor tibio instalarse en mi interior. Ya no era una sombra en su vida, ni la amante oculta, ni la mujer que aguantaba migajas por miedo a quedarse sola. —Vámonos, Vale —murmuré, acomodándome en el asiento—. Ya no tenemos nada que hacer aquí. Valeria aceleró y el auto se incorporó al tráfico, alejándome de la ciudad mientras la torre de cristal se volvía cada vez más pequeña en el espejo retrovisor, hasta desaparecer por completo.






