Capitulo. 7
Damián Voss
La reunión con los inversionistas y el padre de Mariana había sido un éxito absoluto. Tres horas de negociación implacable en las que demostré, una vez más, quién tenía el mando.
Salí de la sala de conferencias ajustándome el nudo de la corbata, sintiendo esa adrenalina adictiva del triunfo, pero con una irritación latente que no me abandonaba desde el lunes.
Necesitaba ver a Camila.
Necesitaba terminar con su absurda huelga, traerla de vuelta a mi lado y recordarle a quién le pertenecía.
Al acercarme al pasillo de la presidencia, el escritorio de mi asistente continuaba desierto. La sola vista de la vacante me hizo apretar los dientes con rabia. Antes de que cruzara el umbral de mi oficina, la Directora de Recursos Humanos salió a mi encuentro con el rostro pálido y una carpeta entre las manos temblorosas.
—Señor Voss... disculpe la interrupción, pero esto no podía esperar.
—¿Qué quieres? —solté con una frialdad cortante, sin detenerme.
—Es la señorita Camila. Vino en persona esta tarde, mientras usted estaba a puerta cerrada.
El nombre de Camila frenó mis pasos en seco. Mi corazón dio un vuelco violento.
—¿Vino? ¿Por qué no me avisaron?
La mujer tragó saliva con dificultad y me extendió una hoja con el membrete de la compañía.
—Entregó su renuncia formal. Inmediata e irrevocable.
Le arrebaté el papel con tal brusquedad que rasgué un extremo.
Ahí estaba su firma.
Limpia, perfecta, inconfundible, junto al sello púrpura de la empresa.
—¿Quién demonios te dio autorización para sellar esto? —rugí, sintiendo cómo una ola de ira hirviente me subía por la garganta—. ¡Es mi asistente ejecutiva! ¡Nadie procesa una baja en mi piso sin mi firma!
—Ella... ella aseguró que usted ya lo sabía, señor —tartamudeó la mujer, retrocediendo aterrorizada ante el tono desencajado de mi vo
—. Dijo que lo habían discutido en privado y que usted le pidió que cerráramos el trámite hoy. Incluso... renunció explícitamente a toda liquidación, finiquito y prestaciones. No quiso recibir un solo centavo.
Esa frase me golpeó como un puñetazo directo en las costillas.
No quiso recibir un solo centavo.
—¡Es una maldita mentira! —grité, doblando el papel en mi puño con rabia ciega.
Giré sobre mis talones, ignorando las miradas asustadas del personal que se asomaba por los pasillos, y me encerré en mi despacho lanzando un portazo que hizo retumbar los cristales de la estructura.
Saqué el teléfono con las manos temblándome por la furia. Marqué su número directo. Un tono. Dos tonos.
Nada.
“El número que usted marcó no existe o se encuentra fuera del área de servicio.”
—No me juegues a esto, Camila... —masullé entre dientes, sintiendo una vena latir salvajemente en mi sien.
Marqué una, dos, cinco, diez veces. La misma voz robótica una y otra vez.
Sin pensarlo dos veces, tomé las llaves de mi auto, salí de la oficina embestido por una desesperación punzante que me negaba a admitir y bajé directamente al estacionamiento.
Manejé como un demente por la ciudad, esquivando autos y saltándome semáforos en rojo.
La idea de que Camila se hubiera atrevido a ponerme un alto, a mentir en Recursos Humanos y a borrarse así de mi empresa me quemaba por dentro. Ella no podía irse. No tenía a dónde ir. Yo era su único sostén, su único refugio.
Frené el auto en seco frente a su edificio, dejando marcas de llanta en el pavimento. Subí los escalones de tres en tres, con el pulso desbocado y el pecho ardiéndome.
Metí la llave en la cerradura con torpeza y empujé la puerta de un golpe.
—¡Camila! —grité en el silencio del salón.
Nadie respondió.
El aire dentro del departamento se sentía helado, denso, como si llevara días habitado únicamente por espectros.
Corrí hacia la recámara principal y abrí la puerta de par en par. La cama estaba tendida, perfecta, intacta. Abrí los cajones de la cómoda de un tirón seco: vacíos.
Jalé las puertas del vestidor con una desesperación bruta.
Las perchas colgaban desnudas, chocando entre sí con un tintineo metálico que resonó como una burla en la habitación. Su ropa, sus zapatos, sus bolsos, sus perfumes... no quedaba nada.
Ni una sola prenda.
Ni un solo rastro de su presencia.
—No, no, no... —murmuré, pasándome las manos por el rostro mientras el pánico comenzaba a estrangularme.
Me arrodillé junto a la cama, abrí las mesas de noche, busqué bajo la almohada.
Había limpiado el lugar con una precisión quirúrgica, como si quisiera borrar cualquier evidencia de que alguna vez respiró en este espacio.
Caminé de vuelta al salón con la respiración agitada y las manos heladas.
Fue entonces cuando mis ojos se fijaron en la cocina.
Sobre la barra de granito negro reposaba un pequeño altar de desprecio.
Me acerqué paso a paso, sintiendo que cada tramo de piso pesaba una tonelada.
Ahí estaban las copias de las llaves del departamento. Las tarjetas de crédito corporativas y personales que le entregué para que no le faltara nada.
Y, justo al lado, la caja de terciopelo negro abierta, dejando ver los pendientes de diamantes que le regalé, brillando bajo la luz tenue con un descaro hiriente.
Me estaba devolviendo todo. Todo lo que mi dinero le había comprado. Todo lo que la ataba a mi poder.
Y junto a los diamantes, una hoja de papel doblada a la mitad.
Desdoblé la nota con dedos torpes y temblorosos. Dos únicas palabras escritas con su caligrafía firme e inconfundible:
Se acabó.
El mundo pareció derrumbarse a mi alrededor en un estruendo sordo.
Esas dos palabras fueron un ácido devastador que me perforó el pecho. La ira, el orgullo herido y un terror desconocido se mezclaron en una explosión violenta dentro de mí.
Solté un rugido de rabia contenido y descargué mi puño con toda mi fuerza contra el pasamanos de granito.
Un dolor agudo me atravesó los nudillos, pero no sentí nada en comparación con el vacío aplastante que me estaba carcomiendo las entrañas.
Barrí todo lo que había sobre la barra con el brazo: los diamantes, las tarjetas y las llaves volaron por el aire, estrellándose contra el suelo en un ruido sordo.
Me dejé caer contra la pared, respirando con dificultad, apretando la nota arrugada contra mi pecho.
No se había ido por un resfriado. No estaba llorando en una esquina esperando a que yo apareciera para perdonarla.
Se había ido para siempre.
Me había despojado de mi control, me había devuelto mi dinero y se había llevado consigo la única parte de mi vida que realmente me importaba.
Y por primera vez en mi existencia, me sentí verdaderamente destruido.