Capitulo. 3

Pasaron dos días en los que convertí mi presencia en la empresa en una sombra eficiente y completamente distante.

No volví a pisar su oficina más de lo estrictamente necesario, el parecía bastante ocupado para notarlo.

Mantuve los límites bien marcados. Cada correo respondido con un formalismo helado, cada reporte dejado sobre su escritorio antes de que él llegara y las llamadas filtradas con la precisión de un reloj.

Me observaba desde su despacho con la quijada apretada, buscando cualquier excusa para romper el muro que levanté, pero mi compostura era de concreto. Si pensaba que el deseo o la costumbre me harían ceder, se equivocaba.

Sin embargo, la cena anual de la compañía no era algo de lo que pudiera escapar.

Como su asistente, me correspondía coordinar la logística de la velada en el salón principal de un hotel exclusivo.

Me puse un vestido sobrio pero impecable, me maquillé para ocultar el rastro de dos noches sin dormir y me ubiqué en la mesa del equipo directivo, intentando ahogar el nudo de mi estómago con pequeños tragos de champán.

A mitad de la velada, las conversaciones comenzaron a apagarse. El murmullo colectivo y el destello discreto de unas cámaras en la entrada indicaron que el presidente del holding había hecho su aparición.

Damián cruzó la entrada.

Y no venía solo.

Prendida de su brazo caminaba una mujer sencillamente despampanante.

Era hermosa de una forma insultante: alta, de postura aristocrática, con una melena oscura impecable que caía sobre un vestido de diseñador hecho a la medida.

Poseía esa elegancia pulida que solo da el dinero generacional. Se movía entre los invitados con absoluta seguridad, sonriendo con gracia y rozando con familiaridad el hombro de Damián mientras caminaban juntos.

El aire se me escapó de los pulmones en un golpe seco. Apreté la copa con fuerza y forcé a mi rostro a mantenerse neutral, mientras la humillación amarga amenazaba con ahogarme.

Damián avanzó por la alfombra saludando a los socios principales. Sin embargo, no se detuvo en las mesas de la entrada.

Caminó con paso firme y deliberado directo hacia la mesa principal, el lugar exacto donde yo estaba sentada.

Sentí el peso del silencio de mis compañeros mientras la pareja se detenía frente a nosotros.

—Buenas noches a todos —dijo con esa voz profunda que retumbaba directo en mis oídos.

Su mirada se cruzó con la mía solo por una fracción de segundo; desafiante y carente de cualquier culpa, antes de volver su atención al resto de los ejecutivos.

—Aprovechando la velada, quiero presentarles formalmente a la mujer que me acompaña —continuó, deslizando su mano con posesividad sobre la espalda baja de la joven para acercarla a su costado—. Ella es Mariana Larrea. Mi prometida.

Mariana ofreció una sonrisa deslumbrante a la mesa mientras el salón estallaba en aplausos.

Fue entonces cuando mi mirada bajó instintivamente hacia la mano que ella mantenía apoyada sobre el brazo de Damián.

En su dedo anular destellaba un enorme diamante, una pieza deslumbrante y majestuosa que captaba las luces del salón con cada pequeño movimiento.

Era la prueba definitiva de mi ingenuidad. El objeto exacto que yo había creído encontrar en aquella pequeña caja de terciopelo.

Un nudo doloroso me cerró la garganta, dejándome sin aire mientras las felicitaciones de los ejecutivos resonaban alrededor.

—Con permiso... disculpen, tengo que ir al baño —articulé con la voz ahogada, poniéndome de pie antes de que el temblor de mis manos me traicionara frente a todos.

Dejé la copa sobre la mesa y me alejé a paso rápido, sintiendo la mirada de Damián clavada en mi espalda a cada centímetro del recorrido.

El aire frío del pasillo que conducía a los baños me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para calmar el ardor en mi pecho.

Me detuve frente al espejo del antebaño, apoyando las manos en el mármol helado mientras intentaba regular mi respiración.

Antes de que pudiera abrir el grifo, el sonido de unos pasos firmes retumbó detrás de mí.

En el espejo vi reflejada la figura de Damián. Cruzó la puerta del pasillo con la soltura de siempre, asegurándose de que quedara entreabierta para bloquear el ruido del salón.

—Se ve muy mal que la asistente del presidente salga huyendo a mitad de la presentación —dijo, acortando la distancia con pasos pausados y las manos en los bolsillos.

Me giré sobre mis talones para encararlo. La rabia que había estado conteniendo durante días finalmente quemó cualquier rastro de dolor.

—¿Es en serio, Damián? ¿Eso es lo único que te preocupa? —solté con la voz vibrando de indignación.

—Me preocupa tu falta de profesionalismo —contestó, deteniéndose a solo unos centímetros de mí—. Te pedí que fueras razonable. Mariana está allá afuera, los ejecutivos están allá afuera, y tú estás haciendo un berrinche por un anillo.

Esa fue la gota que derramó el vaso. El cinismo en sus ojos apagó la última chispa de consideración que me quedaba por él.

—No es un berrinche —dije, dando un paso al frente para sostenerle la mirada con una firmeza que pareció descolocarlo—. Es el momento en el que me doy cuenta del nivel de basura que eres.

—Camila, no voy a discutir esto en un pasillo —murmuró, estirando la mano para tomarme del brazo y llevarme más hacia la sombra—. Regresa a la mesa, compórtate y hablamos de esto en mi apartamento esta noche.

Le arrebaté el brazo de un tirón violento, haciendo que sus dedos quedaran en el aire.

—No va a haber ningún "esta noche", Damián. Se acabó —solté, fijando mis ojos en los suyos—. Me cansé. Me cansé de tus manipulaciones, de tu frialdad y de ser el juguete que guardas en un cajón para cuando te conviene.

Frunció el ceño, apretando la mandíbula.

Vi un destello de genuino desconcierto en su rostro, acostumbrado a que yo cediera a cada uno de sus toques.

—Estás sobreaccionando —dijo, intentando recuperar el control con ese tono dominante—. No vas a tirar un año entero a la basura por esto.

—No lo estoy tirando yo, lo tiraste tú —lo interrumpí con una calma helada—. No vuelvas a tocarme, no vuelvas a buscarme fuera de la oficina y quítate de la cabeza la idea de que sigo siendo tuya.

Me acomodé el vestido, di un paso alrededor de su cuerpo para salir y me detuve a escasos centímetros de su cara.

—Vete a la m****a, Damián.

Caminé hacia la salida a paso firme.

Escuché cómo daba un paso para seguirme, pero la puerta del salón se abrió y el murmullo de los invitados lo obligó a detenerse en seco, dejándolo paralizado mientras yo me alejaba sin mirar atrás.

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