El dolor me despertó a las 2:17 de la mañana.
No era el típico malestar de espalda ni las patadas habituales de Emma en mis costillas. Era una presión asfixiante, como si un tornillo gigante se cerrara con fuerza alrededor de mi vientre, robándome el aire.
Me incorporé en la oscuridad, jadeando. Mi mano voló instintivamente hacia mi abdomen. Estaba duro como una piedra.
Sucedió de nuevo. Una contracción intensa, larga y dolorosa.
—Noah —susurré.
Él no se movió. Estaba profundamente dormido, con