—¿Se le ofrece algo, Director?— pregunté, pero él entró sin esperar que le de el permiso de pasar. Cerré la puerta y me giré, disimulando lo mal que me sentía. Su mirada era sombría.
—¿Estás enferma?— preguntó sin rodeos.
—¿Está aquí por eso? Pudo preguntarme por mensaje de texto—
—Respóndeme lo que te pregunté—. Su tono fue seco.
Me lastimaba.
—No estoy enferma, y hágame el favor de bajarme el tono. Soy su empleada, pero esta es mi casa, no su empresa—
Alzó una ceja.
—Discúlpeme por el