Observo el enorme edificio frente a mí y aunque sigo creyendo que la idea de Gianluca es una locura, cruzo el lobby y me acerco a una de las recepcionistas. Como es lógico, no me dejan subir, por lo que llamo directo a Aaron.
—¿Dónde estás? —inquiero en cuanto mi hermano responde su móvil.
—En mi trabajo, ¿por qué? —pregunta con desconfianza.
—Perfecto, entonces diles que me dejen subir.
—¿A dónde? ¿Dónde estás? —inquiere en un susurro del otro lado.
—A tu piso, estoy en tu trabajo.
—¿Qué