Al día siguiente, cuando llego a mi piso, una sensación de incomodidad que no logró explicar me invade, pero como es seguro que tenga bastante trabajo atrasado, por lo que sucedió ayer, ignoro mi instinto y me encamino a mi escritorio.
Por estar acariciando mi barriguita no me doy cuenta de que hay alguien esperando por mí, hasta que levanto la mirada y lanzo un chillido que resuena por el piso.
—¡¿Qué hace ahí?! —me quejo, cuando veo a mi jefe con una expresión nada amigable en su rostro.
—E