Había aceptado almorzar con Ian únicamente porque la pequeña en mi vientre parecía estar exigiendo carbohidratos con una urgencia casi violenta, y porque, honestamente, estaba agotada de pelear en dos frentes simultáneos. Nos sentamos en un rincón apartado de la cafetería del hospital, rodeados del ruido de bandejas y conversaciones ajenas, intentando establecer una normalidad que se sentía tan frágil como el cristal.
Apenas le había dado el primer bocado a mi lasaña cuando el ambiente se volvi