El zumbido agudo en mis oídos simplemente no se detenía. El Hospital Metropolitano parecía moverse a una velocidad vertiginosa y completamente distinta a la mía; los pasos apresurados de los enfermeros en el pasillo, el chirrido metálico de las camillas rodantes y el pitido intermitente de los monitores cardíacos se sentían lejanos, amortiguados, como si yo estuviera sumergida profundamente bajo el agua. Me apoyé con firmeza en el frío mostrador de la recepción de laboratorio, sintiendo un sudo