La noche había caído sobre la casa de los padres de Lenna como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción de cuna. Adentro, en la habitación, Lenna acababa de acostar a Diego. El bebé se había dormido profundamente, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración tranquila. La mantita azul que Juan Diego le había comprado lo cubría hasta la mitad del pecho