La tarde había comenzado a caer sobre la mansión de Thomas. El sol se escondía detrás de los árboles, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, pero adentro la luz seguía siendo opaca, como si la tristeza hubiera decidido instalarse en cada rincón. Anika bajó las escaleras con pasos lentos, sujetándose de la baranda con una mano, con la otra apoyada sobre el vientre. Llevaba puesto un vestido holgado de color lavanda, el cabello recogido en una trenza suelta, las ojeras apenas disimuladas