La mañana amaneció gris sobre Madrid, con un sol tímido que apenas se atrevía a asomar entre las nubes. Las calles estaban húmedas por la lluvia de la madrugada, y el aire olía a tierra mojada y a jazmines. Lenna salió de la casa de sus padres con la ropa deportiva puesta, los audífonos en las orejas, la gorra negra calada hasta las cejas y las gafas de sol que apenas dejaban ver sus ojos. Necesitaba despejarse. Necesitaba correr. Necesitaba sentirse libre, aunque fuera por un rato.
Diego seguía