La noche había sido eterna para Thomas. Dio vueltas en la cama hasta que el reloj marcó las cinco de la mañana, se levantó, se duchó con agua fría, se vistió sin pensar, y salió de la mansión antes de que nadie despertara. No podía quedarse allí. No podía mirar a Anika a los ojos después de lo que había descubierto. No podía ver a Fabián sin sentir que la sangre le hervía.
Manejó sin rumbo por las calles vacías de Madrid, con la cabeza llena de imágenes que se repetían una y otra vez. La mancha