El sábado amaneció radiante. El sol entraba por los ventanales de la mansión como si quisiera celebrar el día, y en la cocina, Lenna preparaba el desayuno con una emoción que no sentía desde hacía meses. El señor estaba en su silla de ruedas, con una gorra de béisbol puesta y una sonrisa de niño que le iluminaba el rostro.
—¿Están listos? —preguntó el viejo, mirando a todos con ojos brillantes.
—Casi, papá —respondió Lenna, secándose las manos en el delantal—. Solo falta que Thomas baje.
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