La puerta de la oficina se cerró detrás de Lenna con un eco que resonó en todo el pasillo. El sonido fue seco, definitivo, como un portazo que separaba dos mundos. Ella se quedó un momento apoyada contra la pared, con los ojos cerrados, las manos temblando, el corazón latiéndole con una fuerza que creía que iba a estallar. Adentro, Juan Diego seguía en la ventana, con la espalda vuelta, los hombros tensos, la cabeza gacha. No salió a buscarla. No la llamó. No dijo nada.
Lenna caminó hacia el as