La noche cayó sobre Madrid como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción de tristeza. Adentro, en la casa de los padres de Lenna, todo estaba en silencio. Gloria y Roberto se habían ido a dormir hace horas. Diego descansaba en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila.
Lenna estaba acostada en la cama, con los ojos a