La oficina estaba en penumbras. La luz de la mañana entraba por los ventanales, pero no lograba disipar la oscuridad que se había instalado en el ambiente. Juan Diego estaba de pie junto a su escritorio, con la ropa arrugada, el cabello despeinado, los ojos enrojecidos por el alcohol y la falta de sueño. El olor a whisky impregnaba cada rincón de la habitación.
Lenna lo miraba desde la puerta, con el corazón encogido, las manos sudando, la cabeza dándole vueltas. Nunca lo había visto así. Nunca