CAPÍTULO 155: El refugio del dolor

La tarde cayó sobre Madrid como un manto de plomo gris. Juan Diego seguía en la oficina, sentado en la misma silla, mirando la misma fotografía de Lenna que Javier había dejado sobre la mesa. No se había movido en horas. El sol había ido cambiando de posición, y ahora los ventanales de la sala de juntas se teñían de naranja y rosa, pero él no lo veía. Sus ojos estaban fijos en esa sonrisa que antes lo llenaba de felicidad y que ahora lo atravesaba como un cuchillo.

No entendía. No podía entende
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