La noche en la mansión de Thomas había sido larga para Anika. El teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesita de noche, iluminando la penumbra con destellos intermitentes. Cada mensaje era una presión, una exigencia, una cuerda que se tensaba un poco más. La voz de él resonaba en su cabeza incluso después de colgar, grave y segura, como un eco que no se iba. Le había pedido una semana, dos quizás. Tiempo para recuperarse, tiempo para pensar, tiempo para seguir fingiendo que todo estaba bajo con