La música seguía sonando, suave y envolvente, como un susurro que recorría la habitación iluminada por las velas. Lenna estaba sentada sobre las piernas de Juan Diego, con las manos apoyadas en su pecho desnudo, la mirada fija en la suya. El baby doll de seda color burdeos le caía apenas hasta la mitad de los muslos, los encajes negros dibujaban figuras sobre su piel blanca, y sus senos se movían suavemente con cada respiración.
Juan Diego la miraba como si fuera la primera vez que la veía. Como