La noche había caído sobre la mansión de Thomas como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, pero su luz no lograba penetrar los ventanales de la sala donde Anika estaba sentada, con el bebé en brazos, acunándolo suavemente. Thomas estaba arriba, en su estudio, atendiendo unas llamadas de trabajo. La casa estaba en calma. Todo estaba en su lugar.
El teléfono de Anika vibró sobre la mesa. Lo miró. Un número desconocido. Lo dejó sonar. Volvió a vibrar. Insistió. Lo tomó