Mariana detuvo sus pasos y miró a Eduardo, con una sonrisa apenas perceptible en los labios.
En ese momento, la voz de Jimena volvió a sonar desde dentro de la habitación: —Deja que entre, hermano.
Eduardo suspiró resignado y dejó entrar a Mariana, pero no sin antes advertirle con el rostro severo: —Más te vale tratar bien a mi hermana.
Mariana soltó un resoplido y preguntó: —¿Cuándo fui grosera con ella?
Todo el mundo sabía que Jimena era la consentida de la familia López, y sus dos hermanos ma