El hombre ajustó ligeramente sus gafas y levantó la vista, captando al instante la radiante Mariana.
Mariana era como un punto de luz ambulante, dondequiera que estaba parecía llevar un reflector consigo, haciendo imposible ignorar su presencia.
Se levantó rápidamente y, con entusiasmo, le ofreció un asiento. —¡Vaya, Mariana, ¿cómo es que estás aquí?
—Buenas noches, señor Silva. Justo estaba cenando con una amiga y me encontré con Adriana —respondió Mariana amablemente.
Paulo Silva se rio a carc