Eduardo llevó directamente a Mariana a un pasaje de seguridad desierto. Las luces se encendieron automáticamente y los dos se miraron.
Mariana tenía una mirada de confusión. —¿Qué estás haciendo?
Eduardo la observaba, con la mano derecha apretada en un puño. Mordía su mandíbula, como si estuviera construyendo su psiquis.
Mariana lo miraba sin entender. Después de un rato, Eduardo de repente agarró los brazos de Mariana con ambas manos y se arrodilló.
Mariana, sorprendida, se inclinó para ayudarl