Él ni siquiera me teme, pero, cuando comienza a sentir el ardor de los cortes y como la piel quema ante la brisa fresca que comienza a acariciar su carne expuesta, la fortaleza con la que ha construido sus creencias, se derrumba por completo.
Los gritos que disfruto escuchar al torturar, no se hacen esperar y yo presiono en las partes donde sé que va a sentir más dolor sin que eso termine desangrándolo, porque eso no es lo que deseo, todavía no.
— Soy bueno con este tipo de herramientas, dirí