Los ojos de Jonathan se suavizaron, y su agarre en mis hombros se intensificó en un gesto tranquilizador. «No tienes por qué tener miedo, Juan», dijo en voz baja. «No mientras yo esté aquí».
Lo miré, con el corazón latiendo con fuerza por razones que nada tenían que ver con el miedo que Dameen me había infundido.
La forma en que Jonathan me miraba —como si yo fuera la única persona en el mundo que le importara— me provocó un escalofrío. Estaba tan cerca, el calor de su cuerpo irradiando contra