Retrocedí tambaleándome, con el corazón latiéndome con fuerza.
Las palabras de Dameen resonaron en mi cabeza, creando un silencio incómodo. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, y su intensidad me hizo moverme inquieto en el asiento. El frío de su mirada me caló hasta los huesos, como una brisa invernal en una mañana gélida.
—No hago amenazas, Juan —dijo Dameen con voz firme, casi indiferente—. Solo te doy opciones. Pero debes saber que cualquiera que elijas tendrá consecuencias.
Tragué sal