—Qué suave —susurró mientras extendía una mano, agarraba un puñado de la sábana y lo apretaba contra su pecho—. Huele a ti.
Permanecí de pie junto a la cama, con las manos apoyadas en las caderas, observándola. Se veía muy pequeña en medio de mi cama. Estaba acurrucada de lado, con las rodillas recogidas contra el pecho. Las vendas de sus pies resaltaban blancas sobre la ropa de cama oscura.
Quería marcharme. Quería cerrar la puerta con llave y dormir en el suelo del garaje.
Pero no podía.
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