El hombre de la máscara la sujetó por la cintura y le dio la vuelta hasta dejarla con el pecho presionado contra el árbol. Pegó su pesado cuerpo al de ella y la inmovilizó. Después pasó una mano alrededor de su cadera y comenzó a acariciar la piel entre sus piernas con movimientos rápidos y bruscos.
—Sí, sí… ¡Dios mío! —gimió ella.
Las risas de la chica se convirtieron en ruidosos gemidos. Arqueó la espalda, llevó una mano hacia atrás y se aferró al mismo hombre.
Él dejó caer el cuchillo sobr