El recordatorio.
Caminé hasta el espejo y contemplé mi reflejo. Vi a mi yo de cinco años devolviéndome la mirada con los ojos llenos de lágrimas.
«¡Léelo!».
La voz estalló dentro de mi cabeza.
No era la mía.
«¿Es que eres estúpida? ¡Está justo ahí! Mira las letras, Gianna. No se están moviendo. Solo eres una holgazana. Eres una inútil. No sirves para nada».
«Tus tetas compensan todas las estupideces que salen de tu boca».
«¡¿Qué hice para merecerte, Gianna?!».
Las voces gritaban con tant