Él alzó la copa.
—Por los hombres de la familia Capone —dijo—. Soy alguien que ha cometido muchos pecados, pero ustedes seis son mi única verdad. Los amo más que a nada en este mundo.
Entonces Vincenzo tomó su copa. Miró a Adriano y después al resto de nosotros, con una orden silenciosa en los ojos. Poco a poco, uno tras otro, lo imitamos. No pronunciamos una sola palabra ni sonreímos. Nos limitamos a levantar las copas unos centímetros en un reconocimiento frío e inflexible de la sangre que c