Cerré los ojos con fuerza, esperando otro comentario frío, pero el peso sobre mí se desplazó de inmediato.
—Wow, tranquila —dijo una voz.
Abrí los ojos y parpadeé. Un hombre se encontraba inclinado sobre mí, a pocos centímetros de distancia, con los brazos apoyados a ambos lados de mis hombros para evitar aplastarme. Era joven, quizá rondaba los veinticinco años. Tenía el cabello oscuro y desordenado, y unas pequeñas arrugas se le marcaban en las comisuras de los ojos. No vestía un traje como