Ciel lo miraba paralizada. No podía moverse, no podía hablar. Todo su cuerpo temblaba, como si su alma intentara escapar de la verdad que acababa de escuchar.
—Yo... no quiero esto —murmuró, con voz quebrada—. No quiero ser diferente. Quiero ser normal.
Ian bajó la mirada, sus colmillos ya retraídos, pero su piel seguía brillando con ese rastro de poder que no podía ocultar.
—Lo sé... —susurró—. Pero ya no puedes huir. Tu sangre... ya se despertó. Y cuando eso pasa, no hay marcha atrás.
El sile